viernes, 18 de marzo de 2016

Tiempo

Yo lo único que quiero en esta vida es tiempo. 

Tiempo de no arrepentirme.
Tiempo de ser yo. 
Tiempo contigo. 

De perderme en tu mirada. De vivirte. 

Tiempo de equivocarme, de aprender, de vivir. 

Tiempo, tiempo, tiempo. 

Y cuanto más quiero, menos tengo. 

Es cuestión de prioridades, me digo. Y lo urgente, una vez más, eclipsa lo importante. 

Lo único que necesito es tiempo. 
De parar. 
De pensar. 
De no hacer nada. 

Darle tiempo al tiempo, como dice la canción. 
Y el tiempo, al final, no recibe nada. 

Quiero tiempo para jugar, para soñar, para ser. 
Para seguir, para no mirar atrás, para saltar sin miedo al abismo. 

El peor enemigo del tiempo es el miedo. O viceversa. 
El miedo que paraliza, que no te deja avanzar. 
Tus ojos de miedo ven el tiempo pasar... 
Y nada. 
No hacen nada. 
Se va. 
Nos quedamos sin tiempo, pero con miedo. 
Jamás el miedo debió ser tan  poderoso. Pero ¿quién corre más deprisa? ¿Quién gana terreno? 

Digamos adiós al miedo... 

Y que nos alcance el tiempo. 




jueves, 14 de enero de 2016

Ojalá nunca tengas que decidir

Ay, mi chica... 

Ojalá cuando tú seas madre no tengas que escoger. Ojalá puedas ser madre consciente y trabajadora responsable, si así lo decides, sin ser juzgada. 

Ojalá no haya debates sobre si una madre es más madre o menos trabajadora (una cosa o la otra, ¡qué necesidad de excluir!), sobre si es "lícito" ser madre consciente, dependiendo de tu puesto laboral. 

Ojalá no necesites ser súper heroína para sobrevivir en esta jungla. Y si lo eres, que sea porque adoras serlo, como ahora. 

Ojalá no tengas que dar explicaciones por amar por encima de la norma. 

Yo, de momento, seguiré luchando y gritando al mundo, hasta desgarrarme, que la vida hay que vivirla. 
Y que en ningún lugar hay más vida que en la sonrisa de un niño. 
Que los trabajos van y vienen... Y siempre queda la vida. 

Lucharé sin descanso para que no tengas que demostrar nada. 

Tú, mientras, sonríe y vive. Yo te sigo.


sábado, 17 de octubre de 2015

Y, de repente, nada.

Últimamente te pienso mucho.

Y siempre en masculino. No sé por qué, pero te imagino niño. 

Ahora tendrías cuatro años.

Por el motivo que sea, no era tu momento.
 
Llegaste a mi interior cuando más te necesitaba, no sabes lo deseado que eras. Estuviste tan poquito tiempo ahí que no pudiste llegar a sentirlo. 

Algunas veces, cuando miro a tu "hermana" (¿puedo llamarla así? En el fondo compartisteis el mismo útero...), imagino cómo serías. Qué carita tendrías, de qué color sería tu sonrisa. 
¿Te habrías parecido a ella? 

El hecho de perderte antes de tiempo cambió mi forma de ver la vida y, sobre todo, la maternidad. Sentir que estabas dentro de mí fue lo más bonito del mundo, aunque solo fueran siete semanas.

Cuando eres el recipiente donde se forja una vida, todo lo demás carece de importancia. 

Algunos dicen que en solo siete semanas no eres "vida". No voy a entrar en ese debate, porque desconozco realidades científicas. Lo único que sé es que yo sí sentí que eras una vida. Sentí que transformabas la mía. Y cuando te noté salir de mi interior, tan tajante, tan rápido, tan doloroso... También sentí que algo de mí se iba. 
Acabó el dolor físico inmenso que precedió a tu partida, y empezó el emocional. 

El vacío. 

La nada.

Eras todo y de repente, nada.

Vacía era, en ese instante, mi mejor definición. 

Me había sentido plena, como nunca antes. Importante, imprescindible, única. 

Y, de repente, nada. 

Te lloré mares, durante todas las horas posibles. 

Te hablé, te nombré, te hice real. 
¿Por qué todo el mundo se empeñaba en restarte importancia? 
"Son cosas que pasan", decían. "A muchísimas mujeres les pasa, es normal." Y yo solo acertaba a pensar "por qué a mí".
No es normal, es habitual, cosa bien distinta. 
No puede ser normal que una vida termine antes de empezar. 
No puede ser que le restemos importancia a una pérdida por el hecho de repetirse demasiado a menudo.

También la culpa, esa vieja amiga, hizo acto de presencia en tu despedida. Cómo no. 
Nunca sabré qué hizo que te fueras sin tan siquiera haber llegado. 

Tu pérdida marcó, después, mi siguiente embarazo. El miedo a volver a perderla, el pánico atroz en cada ecografía, el terror al vacío... 

Papi cree que te fuiste para luego volver en forma de la niña preciosa que ahora tengo en mis brazos. 
Que no sois dos, que fuiste ella, pero no era el momento, que volviste después, cuando tocaba. 
Tal vez. ¿Por qué no? 

Me gustaría decirte que olvidé el dolor, pero no quiero negarte. 
Existías, fuiste real, por muy poquito tiempo, pero real. 

Y cada 14 de noviembre, casi sin ser del todo consciente, vuelvo a sentir el vacío. El momento exacto de tu adiós, la pantalla sin ti, el dolor. 

La nada. 


viernes, 14 de agosto de 2015

Una vez tuve un novio violento

Yo una vez tuve un novio violento. 

El día que me contó que había abofeteado a la mujer de su padre, supe que algún día me pegaría. Jamás me puso la mano encima, pero tampoco hizo falta. Sus constantes humillaciones se clavaban en mi pecho, como la peor de las patadas. 
"A dónde crees que vas, con lo gorda que estás."
"No sé qué pretendes, con lo poco que cobras en esa mierda de trabajo."
 "Ni se te ocurra comprarte nada, tú crees que yo trabajo para que tú despilfarres".
"No pienso hacer nada en casa, no es mi labor".
"Qué es eso de tener amigos". 
"Tus amigas son unas guarras". 

Para qué seguir. Todas sabéis de qué hablo. 

Yo era joven y creía a pies juntillas eso de que el amor duele. Pensándolo ahora, no sé bien por qué lo creía. Supongo que los pocos recuerdos que tenía de mi propio padre ayudaban. 
A mi alrededor, la mujer siempre sufría. El hombre siempre se salía con la suya. El hombre es más fuerte, el hombre es más listo, el hombre es más trabajador. La mujer DEPENDE del hombre. Económica, emocionalmente. 
Grabado a fuego sin ser siquiera consciente. 
Nadie se esforzó nunca en comentarme siquiera que eso podía ser falso. Tampoco pregunté. Como no preguntaba por qué salía el sol cada mañana. Era así, y ya. 
Estuve 5 años con ese novio. El amor duele, me decía a mí misma. Y seguía a su lado, porque YO iba a salvarle. Yo iba a cambiarle. En nombre del amor. Ese amor que duele, pero acaba bien. 
Por suerte, fui creciendo (emocionalmente) y, aunque seguía pensando que eso "era así y punto", al menos supe que YO no lo quería para mí. Un día me pregunté si quería estar así toda la vida, o ser feliz sola. Elegí ser feliz. Sola. Compartiendo habitación pasada la veintena. Pero sin sufrir. 
Pensé que lloraría ese desamor siempre, que me convertiría en mártir. Pensé que él volvería arrastrándose cuando "se diera cuenta de lo que había perdido".
Obviamente, no fue así. Nunca más supe de él. Solo espero que haya evolucionado también, no por él, sino por las mujeres que "caigan" rendidas a su mirada azul. 
Ojalá ellas sepan hacerse valer. 
Ojalá él haya entendido, con los años, que ninguna mujer es de su propiedad. 

Y si no, ojalá esté solo. 
Para que no haya una más. 

Ahora que sé qué es realmente el amor, puedo decir bien alto: QUE NO TE ENGAÑEN. EL AMOR NO DUELE. 
Y SI DUELE, HUYE. NO ES AMOR.





sábado, 11 de julio de 2015

Vamos a sonreír por encima de sus gritos

Quiero vivir en un mundo de abrazos. De caricias por encima de la mesa. 

Un mundo de palabras dulces, de miradas infinitas. De sonrisas sinceras, de hablar bajito. 

Un mundo donde nadie molesta a nadie, donde cada uno se preocupa de ser mejor que él mismo, mirando al otro solo para aprender. 

Un mundo sin odio, sin insultos, sin castigos. Donde el amor sea el aire a respirar. 

Vamos a hacer ese mundo, pequeña, que nadie nos diga que no podemos. 

Vamos a sonreír por encima de sus gritos. 

Vamos a abrazarnos hasta el infinito. 

Vamos a mirar afuera para saber qué no necesitamos. Para copiar lo que nos nutre, huir de lo que nos mina.

Vamos a dar los buenos días, las buenas noches, las gracias y los perdón. 

Vamos a tratarnos bien, a nosotras mismas, obviamente, pero sobre todo a los que no saben que se puede. Ellos son quienes más lo necesitan. Aprendieron a vivir en el grito, en el insulto, en el maltrato, en el dolor.
Yo tampoco sé por qué siguieron en él una vez descubrieron que dolía. No sé por qué no abrieron los ojos, no sé por qué no se plantearon que su mundo también podía cambiarse. 
El caso es que no lo hicieron, y repiten el modelo una y otra vez, perpetuando el caos, el dolor, las vidas rotas. 

¿Podemos ayudarles? Yo también me lo pregunto. Y creo que la respuesta es no. 

Por mucha voluntad que pongas, mi vida, nadie podrá ser ayudado si no quiere. No podrás abrir los ojos a quien los cierra a cal y canto. Porque el parpadeo es un acto voluntario, al contrario de lo que siempre se creyó. Cada uno decide cuándo abrir los ojos, cuándo volver a cerrarlos, cuándo dejar de mirar. 

Por eso podemos centrarnos en que nuestro mundo sea como nosotras queremos. 

Tengo la esperanza de que, aunque de forma fortuita, en uno de esos "abrir de ojos" sepan vernos, empaparse de nuestra felicidad, de nuestra armonía, e intuyan, al menos, que desde aquí es más fácil ser feliz.

Que prueben el poder de la sonrisa, para que les cambie su brillo. 

Que huelan nuestra libertad, para así librarse de sus cadenas. 

Que quieran ser tan felices que les cueste asimilar.

Que se miren a los ojos, que abracen el sufrimiento, que dialoguen, que acaricien sus heridas, que vivan sin tapujos. 

Hay quien nos llama ilusos, fantasiosos, hasta utópicos. No veas en esas palabras ánimo de ofensa. Me gusta escucharlas, acéptalas tú también de buen grado. 

Fíjate que sin la ilusión, la fantasía o la utopía no podríamos perseguir ningún sueño. 

Y nuestro mundo está lleno de ellos. 

Sueña, pequeña.

Sonríe, baila, canta, abraza, acaricia hasta con las palabras. 

Vive. 


jueves, 18 de junio de 2015

A mí lo que me gusta es beberme la vida a sorbitos

A mí lo que me gusta es beberme la vida a sorbitos. Despacito, sintiendo su sabor.


Siempre he hecho las cosas despacio, sin aspavientos, para desesperación de mi abuelita, que rápido me etiquetó de “vaga”. 


Recuerdo el camino de vuelta a casa desde el instituto: una hora para un trayecto de diez minutos. Me detenía en cada paso, mirando a mi alrededor. Naturaleza, niños jugando en el parque, el día a día de un supermercado. Cualquier excusa era buena para pararme y observar. Supongo que empezaba a descubrir la vida, la de verdad, la de fuera de casa. 


La etiqueta de perezosa me acompañará siempre, tanto me la creí que toda la vida actué en consecuencia. Pero, ahora que miro de lejos, no encuentro otra forma de pasar por la vida que no sea bien despacito. 


Para admirarla, vivirla de verdad, aprender de ella. 


Por eso permito que te deleites con el paso lento de una hormiguita, la aventura de un escalón, o buscando por allí arriba, de dónde viene el pío pío de esos pajaritos. Siempre que puedo (perdóname, mi vida, algunas veces la esclavitud del tiempo nos lo impide) nos detenemos en cada paso, porque tú así lo pides, porque yo disfruto viéndome en ti. 


Pocas veces preguntas eso de “¿qué viene ahora?”, pero cuando tu lógica impaciencia infantil asoma,  siempre te digo “disfruta este momento, este helado, este paseo en coche, este lo que sea, el resto ya llegará”. Nos perdemos tantos momentos ansiando los siguientes… 


Los adultos siempre  estamos esperando que llegue algo.


Vivimos un día a día angustioso en un trabajo que nos aburre esperando las vacaciones. 


Maldecimos nuestra mala suerte, esperando que nos toque la lotería (y no siempre jugamos). 


Miramos desde el sofá cómo unos cuantos políticos se ríen de nosotros, ahora ya sin esconderse siquiera, esperando que ellos solitos se vayan. 


Esperamos que un príncipe azul nos rescate, que un cazatalentos nos saque de la ruina, que la vida nos dé un giro inesperado, que termine ese trabajo que nos satura, tranquilos, que en treinta años me jubilo… 


Esperamos para vivir. Pero mientras, no vivimos. 


Siempre con un ojo puesto en lo que va a pasar, en cuentas atrás, en deseos por cumplir. 


Por desgracia, cariño, la vida no es eterna. Se acaba. A veces, sin avisar. Cuántos deseos se quedaron por el camino… Cuántos sueños esperando a ser cumplidos… 


Tienes razón, mami no es el mejor ejemplo, mami sigue estancada en un trabajo que no le llena, esperando, también, no sé qué. Mami espera ansiosa los fines de semana, las vacaciones, los ratitos de libertad. 


Pero, al menos, vivo intensamente todos esos momentos que me dan vida: 


Ese helado a medias. 


Sentir cómo rompen las olas en nuestros pies. 


La intensidad de un te quiero.


El cosquilleo de una caricia.


Cantar a gritos nuestra canción. 


La última página del libro. 


Las siestas con la ventana abierta.


El abrazo largo. 


La suavidad de tus besos. 


Tus tres segundos de más de mirada fija mientras te canto. 


El agua de la ducha caliente bajando por la tripa. 


Caminar de la mano.


Reír a carcajadas.


Ese baile. 


Tirarnos por el suelo, ser tu tobogán. 


Los pies descalzos en la arena.


El sube y baja de tu pecho mientras duermes plácidamente.


Tu sonrisa al despertar. 


Y así, podría seguir eternamente, porque en un día caben millones de momentos únicos. 

Pero lo dejo ya, me conformo con que entiendas a qué me refiero cuando te digo “disfruta este momento”. 


Vive, mi niña, no sea que esperando… se nos vaya la vida. 



 

miércoles, 27 de mayo de 2015

Párate y respira


Ay, mi chica, quiero darte fuerzas. 

Dicen que el origen de un adulto íntegro, seguro de sí mismo y con recursos, está en una infancia feliz. Voy a seguir luchando, cada uno de mis días, por que así sea. 


¿Conseguiré, con ello, que nunca tengas problemas? ¡Ni lo sueñes! Solo pretendo que no haya problema con la suficiente fuerza como para hundirte. Míralos siempre de frente, no huyas, no los relegues. Plántales cara con un “yo puedo”. Acéptalos, de nada sirve negarlos, y estudia el modo de acabar con ellos. Una vez haya pasado la tormenta, reflexiona, recapacita, busca el aprendizaje. Créeme, siempre lo hay.


Serán esos aprendizajes, vida mía, los que te harán avanzar. 


Puede que alguno de esos problemas te parezca insalvable, difícil de saltar. Recuerda entonces eso que siempre dice mami: “esto también pasará”. Porque todo pasa, mi niña, por muy imposible que parezca cuando te encuentras en el centro del huracán, todo pasa. 


Relativiza. Mira a tu alrededor, compárate, ¿por qué no? Compara ese problema aparentemente  insalvable con el hambre en el tercer mundo, la pobreza demasiado cercana del barrio del que procedemos, el cáncer recién estrenado de la vecina del piso de arriba, mamá de tu amiguito. 

“Mal de muchos…”, pensarás. Pero no. No es de tontos. Pararse a tomar conciencia de las barbaries de nuestro tiempo nos ayudará a valorar como merece la inmensa fortuna de tener salud, ese helado con el que te relames, el iPad que te presto con demasiada facilidad, y hasta un hotel por vacaciones. 


No digo que tus problemas sean poco, digo que es necesario mirar la vida como lo que es: un camino asfaltado (si vives en esta parte del mundo). No le añadas obstáculos, deslízate por él, disfruta del paisaje. 


Vive y dejarás vivir, porque cada segundo que pases sin sonreír nos roba un poco de vida. A ti, a mí, y a todos aquellos que te amamos. 


Cuando sientas que ese problema te supera, párate y respira. Sé consciente de la suerte que tienes: el oxígeno entra sin miedo por tu cuerpo. Respiras. Estás viva. 


Mira a tu alrededor. Tienes lugar donde cobijarte, un abrazo en el que perderte. Cierra los ojos, y sigue viviendo.