Queridos jefes:
No seré yo quien les dé lecciones (¡faltaría más!), pero me gustaría explicarles algo que hace un tiempo me ronda la cabeza, y que creo puede ayudarnos a todos.
¿Recuerdan que hubo un tiempo en que vivía enamorada de la empresa? (no les culpo si no recuerdan, somos tantos números...)
Pues sí, hubo un tiempo en que, como todo amor intenso, mi vida giró en torno a la organización que ustedes lideran. En pleno "enamoramiento", solo pude ver sus virtudes. Fui feliz, muy feliz, dándolo todo por ese amor (poco importaba que recibiera menos de lo que daba, ya se sabe, así es el amor).
Pasaron años, ese amor perduraba, si bien ya no tan ciego, pues el tiempo siempre deja ver algún defecto (el "enamoramiento ciego" del principio de toda relación no es eterno...)
Han pasado casi 13 años desde ese inicio de nuestro amor... Y sí, me temo que ha empezado el desamor.
Les escribo como parte implicada, para que sepan que mi intención es salvar esta relación.
Puede que se sorprendan, de todos es sabido que cuando una relación empieza a hacer aguas siempre hay una de las partes que no se da cuenta.
Les expondré mis razones, ojalá puedan comprender...
Hace 14 meses, alguien más apareció en mi vida, trastocando todos mis planes, dando una vuelta a mis cimientos, ocupándolo todo.
Entiendo que ante la llegada de un tercero, ustedes puedan sentirse (re)celosos. Aunque a ustedes sigo teniéndoles afecto... Mi vida ya gira por completo alrededor de esa pequeña vida de 14 meses, de grandes ojos oscuros y sonrisa eterna.
Lo que quisiera hacerles entender, queridos jefes, es que, aunque es cierto que mi amor más puro es para ella, aún tengo cariño muy sincero para seguir siendo muy leal a mi trabajo. Les juro que puedo repartir lealtades.
Mi problema es que ustedes ya no creen en mí, piensan que ese amor me ha cambiado, que el día del parto se esfumó toda mi preparación, mi dedicación, mi esfuerzo, mi coherencia, mi ya comentada lealtad.
Es cierto que les pedí un tiempo para ese otro amor, y de ahí viene su desconfianza (puedo comprenderles, no están acostumbrados a compartirme).
Les diré una cosa que puede hacer tambalear los cimientos de su cultura empresarial: la productividad YA no se mide por el tiempo presencial.
Como puedo adivinar su asombro, intentaré explicarme.
Y se lo explicaré con mi ejemplo, al fin y al cabo, soy parte protagonista en esta relación.
Cuando soy feliz, soy mucho más productiva. Trabajo mucho más, me implico mucho más, resuelvo mucho más.
Y soy feliz si puedo dedicar el tiempo suficiente (justo el que les he pedido) a ese otro amor reciente que me invade el corazón.
Si tengo ese tiempo, el otro tiempo, el que estoy con ustedes, sabré aprovecharlo al máximo (en eso empiezo a ser experta, déjenme demostrarlo).
Si noto su recelo, si sé que desconfían, si me ponen mala cara o entramos en discusiones, el tiempo que paso con ustedes carecerá de calidad (que no suene a amenaza, por favor, no me malinterpreten, solo pretendo que entiendan...).
Soy consciente de que ustedes estuvieron educados en la omnipresencia. Y que no es que quieran desconfiar de mí sin más, es solo que así les enseñaron, así han actuado siempre ("si quieres ser valorad@, te debes a la empresa").
Sienten que compartir el amor es una aberración, ustedes aman de forma exclusiva.
Ustedes no tienen tiempo para sus familias, porque creen que "es lo que toca", que hay que sacrificarse si "quieres ser algo en esta vida", que cuanto más tiempo dediquen a la empresa, mejor valorados estarán.
Siento decirles que por esa convicción, precisamente, es por lo que ustedes jamás sonríen.
Vamos a intentarlo, queridos jefes, hagan un esfuerzo.
Confíen en mí.
Sí, les dedicaré menos tiempo, pero de más calidad.
Salvemos esto. Trece años son muchos años para tirarlo todo por la borda.
Atentamente,
Su leal empleada y feliz madre.
jueves, 24 de enero de 2013
viernes, 18 de enero de 2013
¿Guarderías?
Me resulta imposible no llamarlo "guardería". A pesar de los vanos intentos por convencerme del eufemismo "escuela infantil".
Siento que "te guardo" allí. Y no porque quiera (te prometo que si tuviera opción no lo haría), sino porque no me queda más remedio.
Te llevo por la mañana, más temprano de lo que estás acostumbrada. Sales feliz a la calle, ¡cómo te gusta pasear!, ignorando a dónde vamos.
Después de una semana, parece que empiezas a conocer el trayecto y, a medida que nos acercamos, tu bella sonrisa va desapareciendo.
No puedes imaginar cómo me duele. Y allí te dejo, en manos de una "desconocida", llorando como jamás lo has hecho en tus 14 meses de vida, y me voy con el alma hecha añicos.
Durante estos 14 meses, papi y yo hemos intentado evitarte cualquier tipo de llanto. Solo queremos que sonrías, que disfrutes la vida día a día, minuto a minuto, que recuerdes, cuando seas suficientemente mayor para recordar, esta infancia con la mejor de las sonrisas.
Y ahora, por pura obligación, somos nosotros mismos quienes te provocamos ese llanto desconsolado.
Intuyo que no entiendes nada, que ves cómo te dejamos rápidamente con esa chica (que sí, es simpática y sonríe, ¡pero no la conoces!) y salimos corriendo (casi literalmente).
¿Qué pasa entonces en tu cabecita? Seguramente, que desaparecemos para siempre. Eres demasiado pequeña para entender que solo nos vamos una hora. Demasiado bebé para comprender eso que tantas veces te repetimos ("ahora vas al cole solo un ratito, enseguida viene mami o papi a recogerte").
Pensar que te sientes abandonada hace que se me encoja el alma.
De nada sirven los "consejos" de familia y amigos:
- "Se acostumbrará, ya verás, solo es cuestión de tiempo..." (lo sé, lo sé, el problema es que YO no quiero que "se acostumbre" a conformarse)
- "La guarde les va muy bien, ya verás, aprenden mucho, "se socializan" (también aprende a mi lado, y pregunta si quieres a quienes nos cruzamos en nuestros paseos si esa pequeñaja de ojos risueños que agita la mano con euforia al verles no es "sociable")
- "Así tienes más tiempo para ti" (¿cuándo entenderéis que yo soy porque ella existe? ¿que NO QUIERO más tiempo del que paso a su lado?)
- "Después será más fácil la adaptación al cole" (cuando vaya al cole tendrá 3 años, creo que entonces entenderá bastante mejor los tiempos y las ausencias. Además, odio ese empeño de los adultos por adelantar etapas. Los bebés son bebés, ¡ya tendrán tiempo para todo!)
En fin, que la sensación de abandono la tengo también yo, y el sentimiento de culpa, pues no creo para nada que tú lo necesites, está claro que la única que lo "necesita" soy yo (para que tú puedas vivir en condiciones, yo tengo que ir a trabajar).
Y aún deberíamos sentirnos "afortunadas". Haciendo filigranas, hemos conseguido retrasar este momento hasta ahora, los 14 meses. Los que mandan pretendían que "te guardara" a los 4.
Y luego dicen por ahí que ofrecer "ayudas" para las guarderías favorece la conciliación.
En fin...
Siento que "te guardo" allí. Y no porque quiera (te prometo que si tuviera opción no lo haría), sino porque no me queda más remedio.
Te llevo por la mañana, más temprano de lo que estás acostumbrada. Sales feliz a la calle, ¡cómo te gusta pasear!, ignorando a dónde vamos.
Después de una semana, parece que empiezas a conocer el trayecto y, a medida que nos acercamos, tu bella sonrisa va desapareciendo.
No puedes imaginar cómo me duele. Y allí te dejo, en manos de una "desconocida", llorando como jamás lo has hecho en tus 14 meses de vida, y me voy con el alma hecha añicos.
Durante estos 14 meses, papi y yo hemos intentado evitarte cualquier tipo de llanto. Solo queremos que sonrías, que disfrutes la vida día a día, minuto a minuto, que recuerdes, cuando seas suficientemente mayor para recordar, esta infancia con la mejor de las sonrisas.
Y ahora, por pura obligación, somos nosotros mismos quienes te provocamos ese llanto desconsolado.
Intuyo que no entiendes nada, que ves cómo te dejamos rápidamente con esa chica (que sí, es simpática y sonríe, ¡pero no la conoces!) y salimos corriendo (casi literalmente).
¿Qué pasa entonces en tu cabecita? Seguramente, que desaparecemos para siempre. Eres demasiado pequeña para entender que solo nos vamos una hora. Demasiado bebé para comprender eso que tantas veces te repetimos ("ahora vas al cole solo un ratito, enseguida viene mami o papi a recogerte").
Pensar que te sientes abandonada hace que se me encoja el alma.
De nada sirven los "consejos" de familia y amigos:
- "Se acostumbrará, ya verás, solo es cuestión de tiempo..." (lo sé, lo sé, el problema es que YO no quiero que "se acostumbre" a conformarse)
- "La guarde les va muy bien, ya verás, aprenden mucho, "se socializan" (también aprende a mi lado, y pregunta si quieres a quienes nos cruzamos en nuestros paseos si esa pequeñaja de ojos risueños que agita la mano con euforia al verles no es "sociable")
- "Así tienes más tiempo para ti" (¿cuándo entenderéis que yo soy porque ella existe? ¿que NO QUIERO más tiempo del que paso a su lado?)
- "Después será más fácil la adaptación al cole" (cuando vaya al cole tendrá 3 años, creo que entonces entenderá bastante mejor los tiempos y las ausencias. Además, odio ese empeño de los adultos por adelantar etapas. Los bebés son bebés, ¡ya tendrán tiempo para todo!)
En fin, que la sensación de abandono la tengo también yo, y el sentimiento de culpa, pues no creo para nada que tú lo necesites, está claro que la única que lo "necesita" soy yo (para que tú puedas vivir en condiciones, yo tengo que ir a trabajar).
Y aún deberíamos sentirnos "afortunadas". Haciendo filigranas, hemos conseguido retrasar este momento hasta ahora, los 14 meses. Los que mandan pretendían que "te guardara" a los 4.
Y luego dicen por ahí que ofrecer "ayudas" para las guarderías favorece la conciliación.
En fin...
lunes, 31 de diciembre de 2012
Adiós a este 2012 con sabor agridulce... (CRYA entre líneas)
Haré balance... Y no sé si saldré ganando.
Este 2012 he descubierto tantas y tantas cosas...
He aprendido que el amor más inmenso que nunca imaginé se quedaba pequeño al ser madre.
Que, ahora sí, ya sé que es posible sentir que darías la vida por alguien.
Que lo material no es tan necesario... Que incluso pudre, asfixia, mata.
Que prefiero un beso sincero que un millón de palabras dichas por decir.
Que una mirada vale más que mil palabras, si es sincera, pura, transparente.
Este 2012 tiene sabor agridulce.
El mejor año de mi vida, sin duda, porque ha sido el primer año de mi niña.
Todas esas primeras veces, todo ese latir profundo, todo ese crecer sin freno.
Ese hacerme grande, encontrarme, conocerme al fin.
Ese placer solo por dar, esa plenitud, ese vivir.
Y ese sabor amargo...
Ese no poder disfrutar cada segundo, por culpa de la obligación.
Ese tener que luchar para arañar tiempo al tiempo.
Ese discutir con quien creí que jamás lo haría, por el motivo más insólito. Ese tener que hacer entender que mi hija está muy por encima de horarios y responsabilidades laborales, cuando resulta una obviedad.
Ese perderme minutos, algunas primeras veces, sonrisas y besos.
Ese tener que partirme en trozos, para estar donde no quiero estar, solo por la obligación de eso tan material que aún nos esclaviza.
Ese querer dejarlo todo, y salir corriendo al lado de mi pequeña.
Solo porque sí. Porque así lo quiere mi corazón, porque así lo necesito.
Porque la vida es muy corta, a veces se va sin avisar... Y no habrá opción, entonces, de recuperar esas sonrisas perdidas, ni esas primeras veces, ni esos besos.
Y no habrá dinero que pueda ayudarnos entonces.
Ni discusión que lo mejore.
Habrá un momento en que nada tendrá sentido ya...
Y no quiero arrepentirme, cuando ya no sirva, de no haber estado.
Este 2012 he descubierto tantas y tantas cosas...
He aprendido que el amor más inmenso que nunca imaginé se quedaba pequeño al ser madre.
Que, ahora sí, ya sé que es posible sentir que darías la vida por alguien.
Que lo material no es tan necesario... Que incluso pudre, asfixia, mata.
Que prefiero un beso sincero que un millón de palabras dichas por decir.
Que una mirada vale más que mil palabras, si es sincera, pura, transparente.
Este 2012 tiene sabor agridulce.
El mejor año de mi vida, sin duda, porque ha sido el primer año de mi niña.
Todas esas primeras veces, todo ese latir profundo, todo ese crecer sin freno.
Ese hacerme grande, encontrarme, conocerme al fin.
Ese placer solo por dar, esa plenitud, ese vivir.
Y ese sabor amargo...
Ese no poder disfrutar cada segundo, por culpa de la obligación.
Ese tener que luchar para arañar tiempo al tiempo.
Ese discutir con quien creí que jamás lo haría, por el motivo más insólito. Ese tener que hacer entender que mi hija está muy por encima de horarios y responsabilidades laborales, cuando resulta una obviedad.
Ese perderme minutos, algunas primeras veces, sonrisas y besos.
Ese tener que partirme en trozos, para estar donde no quiero estar, solo por la obligación de eso tan material que aún nos esclaviza.
Ese querer dejarlo todo, y salir corriendo al lado de mi pequeña.
Solo porque sí. Porque así lo quiere mi corazón, porque así lo necesito.
Porque la vida es muy corta, a veces se va sin avisar... Y no habrá opción, entonces, de recuperar esas sonrisas perdidas, ni esas primeras veces, ni esos besos.
Y no habrá dinero que pueda ayudarnos entonces.
Ni discusión que lo mejore.
Habrá un momento en que nada tendrá sentido ya...
Y no quiero arrepentirme, cuando ya no sirva, de no haber estado.
jueves, 8 de noviembre de 2012
Te explicaré por qué colecho...
Te explicaré por qué en casa practicamos el colecho. (Aunque no sé por qué te doy explicaciones, yo no te las pido cuando dejas a tu bebé llorar y llorar a instancias de un mal llamado "Doctor").
En primer lugar, colecho... Porque me da la gana. Ésta, sin más, sería ya una razón de peso. Pero como no soy muy seguidora de la ley del "porque lo digo yo, y punto", trataré de darte más detalles,
Colecho porque mi hija se siente feliz junto a sus papis, día y noche.
Colecho porque, si me necesita de madrugada (ya sea por hambre, sed, dolor o lo que sea), estoy a su lado, literalmente, para cubrir esa necesidad de inmediato (¿o tú no vas a beber agua en cuanto sientes sed, aun siendo las tres de la madrugada?).
Colecho porque mi hija merece el calor de sus papis.
Sí, uno de los motivos es aún más egoísta... Colecho porque yo misma necesito sentir la presencia de mi niña día y noche, su olor, su respiración calmada, su piel suave, su abrazo.
Colecho porque no hay más bello despertar que su manita en mi cara, su sonrisa invadiendo la habitación.
Colecho porque es una forma de compensar mis horas de ausencia en la mañana, cuando la "abandono" (sí, esa es la sensación) para ir a trabajar.
Lo sé, esta razón no es muy ortodoxa y te pondrá en pie de guerra, pero es una de mis razones, no tengo por qué ocultarla.
Colecho porque mi instinto así lo pide, y hace mucho que decidí no llevarle la contraria.
Alegarás que el colecho tiene inconvenientes...
Como que voy a destrozar mi relación de pareja.
Te alegrará saber que tengo momentos muy buenos de sexo con mi marido. Sí, te sorprenderá saber que existen mil lugares y horarios para practicar sexo, más allá de la cama, en la noche.
Inconvenientes como que mi hija se va a "acostumbrar" a dormir con sus padres, me dirás. Que le estoy "quitando" independencia.
Los niños, hacia los 3 años, suelen buscar por sí mismos su intimidad, su espacio, suelen pedir dormir solos, de forma natural (es lo que tiene no frenar el curso evolutivo, no interferir).
Cuando ella lo pida, por supuesto, irá a su camita. Yo seguiré necesitándola en la noche, pero respetaré su voluntad. Es lo que siempre hago.
En cuanto a la independencia... Si conoces a mi pequeña, sabrás qué nivel de independencia tiene ya, con solo un añito (el genio lo heredó de mami, qué le vamos a hacer...)
Colecho porque ella quiere, porque yo quiero, porque papi quiere. No me juzgues, es nuestra decisión. Al menos, no me juzgues mientras veas esa sonrisa permanente que ilumina la carita de mi peque. Eso debería ser lo único importante, su felicidad.
Tan malo no será dar amor 24 horas... Digo yo.
En primer lugar, colecho... Porque me da la gana. Ésta, sin más, sería ya una razón de peso. Pero como no soy muy seguidora de la ley del "porque lo digo yo, y punto", trataré de darte más detalles,
Colecho porque mi hija se siente feliz junto a sus papis, día y noche.
Colecho porque, si me necesita de madrugada (ya sea por hambre, sed, dolor o lo que sea), estoy a su lado, literalmente, para cubrir esa necesidad de inmediato (¿o tú no vas a beber agua en cuanto sientes sed, aun siendo las tres de la madrugada?).
Colecho porque mi hija merece el calor de sus papis.
Sí, uno de los motivos es aún más egoísta... Colecho porque yo misma necesito sentir la presencia de mi niña día y noche, su olor, su respiración calmada, su piel suave, su abrazo.
Colecho porque no hay más bello despertar que su manita en mi cara, su sonrisa invadiendo la habitación.
Colecho porque es una forma de compensar mis horas de ausencia en la mañana, cuando la "abandono" (sí, esa es la sensación) para ir a trabajar.
Lo sé, esta razón no es muy ortodoxa y te pondrá en pie de guerra, pero es una de mis razones, no tengo por qué ocultarla.
Colecho porque mi instinto así lo pide, y hace mucho que decidí no llevarle la contraria.
Alegarás que el colecho tiene inconvenientes...
Como que voy a destrozar mi relación de pareja.
Te alegrará saber que tengo momentos muy buenos de sexo con mi marido. Sí, te sorprenderá saber que existen mil lugares y horarios para practicar sexo, más allá de la cama, en la noche.
Inconvenientes como que mi hija se va a "acostumbrar" a dormir con sus padres, me dirás. Que le estoy "quitando" independencia.
Los niños, hacia los 3 años, suelen buscar por sí mismos su intimidad, su espacio, suelen pedir dormir solos, de forma natural (es lo que tiene no frenar el curso evolutivo, no interferir).
Cuando ella lo pida, por supuesto, irá a su camita. Yo seguiré necesitándola en la noche, pero respetaré su voluntad. Es lo que siempre hago.
En cuanto a la independencia... Si conoces a mi pequeña, sabrás qué nivel de independencia tiene ya, con solo un añito (el genio lo heredó de mami, qué le vamos a hacer...)
Colecho porque ella quiere, porque yo quiero, porque papi quiere. No me juzgues, es nuestra decisión. Al menos, no me juzgues mientras veas esa sonrisa permanente que ilumina la carita de mi peque. Eso debería ser lo único importante, su felicidad.
Tan malo no será dar amor 24 horas... Digo yo.
martes, 7 de agosto de 2012
No soy bloguera
Lo siento, no soy bloguera.
Lo intenté, creí que podría... Pero me faltó el arte y el tiempo.
Me he sentido pequeña al lado de tan grandes oradoras.
Lo intenté, siempre me gustó escribir... Pero no llego.
No puedo con todo, es imposible. Queridas mamis blogueras, ahora os admiro mucho más, si eso era posible.
Me faltan temas e ingenio, me sobran miedos.
Os sigo leyendo, ¡aprendo tanto de vosotras!
Quizás algún día tenga más tiempo, quizás me asalte el ingenio o me invadan las palabras exactas.
Quizás algún día tenga también yo algo que enseñar.
Seguiré escribiendo, quizá algún día haya algo digno de contaros...
Lo intenté, creí que podría... Pero me faltó el arte y el tiempo.
Me he sentido pequeña al lado de tan grandes oradoras.
Lo intenté, siempre me gustó escribir... Pero no llego.
No puedo con todo, es imposible. Queridas mamis blogueras, ahora os admiro mucho más, si eso era posible.
Me faltan temas e ingenio, me sobran miedos.
Os sigo leyendo, ¡aprendo tanto de vosotras!
Quizás algún día tenga más tiempo, quizás me asalte el ingenio o me invadan las palabras exactas.
Quizás algún día tenga también yo algo que enseñar.
Seguiré escribiendo, quizá algún día haya algo digno de contaros...
jueves, 28 de junio de 2012
Mi granito de arena... Por un sueño feliz
Leí "Duérmete, niño" (E. Estivill y S. de Béjar, 1995) estando embarazada. Creí que era el único método eficaz, me adelanté a la vida y pensé que mi pequeña tendría problemas de sueño, "como todos los bebés".
Creí cada una de las palabras de aquel libro que hoy, con mi niña en brazos, me parece una aberración.
En ese momento, al terminar el libro, creí tener muy claro qué haría cuando la peque naciera. Creí que era por su bien.
Suerte que mi instinto gritó más fuerte que esas creencias.
Suerte que no la dejé llorar ni una sola vez.
Suerte que, al cabo de unos meses, supe gracias a la tribu de mamás tuiteras que aquello que gritaba mi instinto no era tan raro, y que (gracias!) el método Estivill no sólo no era el único, sino el peor (esta sí es opinión personal). Nunca les sabré agradecer lo suficiente.
No sé qué tipo de problema tiene Estivill. Supongo que cree realmente que dejar llorar a un bebé es bueno (si no, no lo defendería a ultranza). Pero es entonces cuando me pregunto de qué pasta está hecho. Porque cualquier corazón, por frío que sea, se estremece, por naturaleza, ante el llanto de un niño.
Hoy mi pequeña tiene ya 7 meses. Duerme perfectamente. No la he dejado llorar ni un solo día, ni un solo minuto.
Todas las mañanas, sobre las 6h, empieza a inquietarse en su cunita. Es el momento de venir a la cama con sus papis.
Puedo asegurar que es el mejor momento del día.
Ver su carita de auténtica paz, cerrando sus ojitos muy lentamente, al recibir mis caricias suaves.
Dejarme arropar por su abrazo.
Sentir cómo se abandona al sueño más profundo.
Dormimos así, abrazadas, un par de horitas más (siempre que el trabajo me lo permite. Cuando no, duerme con papi).
Y no hay nada mejor que despertar con su sonrisa, esa que ilumina mis días.
Ojalá esta "rutina" dure mucho tiempo. Ojalá, dentro de unos años, sea ella misma quien venga solita a nuestra cama, dando pequeños pasitos, arrastrando sus pies chiquititos.
Siempre será bien acogida, porque sé que es lo mejor para los tres.
También sé que, irremediablemente, llegará un día en que no le apetezca dormir con mami y papi.
Llegará un día en que, de forma natural, querrá dormir solita en su habitación.
Ojalá llegue tarde ese día (y no me prive de ese momento especial), pero sé que llegará.
Sin llantos. Sólo amor, y absoluta paz.
Creí cada una de las palabras de aquel libro que hoy, con mi niña en brazos, me parece una aberración.
En ese momento, al terminar el libro, creí tener muy claro qué haría cuando la peque naciera. Creí que era por su bien.
Suerte que mi instinto gritó más fuerte que esas creencias.
Suerte que no la dejé llorar ni una sola vez.
Suerte que, al cabo de unos meses, supe gracias a la tribu de mamás tuiteras que aquello que gritaba mi instinto no era tan raro, y que (gracias!) el método Estivill no sólo no era el único, sino el peor (esta sí es opinión personal). Nunca les sabré agradecer lo suficiente.
No sé qué tipo de problema tiene Estivill. Supongo que cree realmente que dejar llorar a un bebé es bueno (si no, no lo defendería a ultranza). Pero es entonces cuando me pregunto de qué pasta está hecho. Porque cualquier corazón, por frío que sea, se estremece, por naturaleza, ante el llanto de un niño.
Hoy mi pequeña tiene ya 7 meses. Duerme perfectamente. No la he dejado llorar ni un solo día, ni un solo minuto.
Todas las mañanas, sobre las 6h, empieza a inquietarse en su cunita. Es el momento de venir a la cama con sus papis.
(la peque, con papi)
Puedo asegurar que es el mejor momento del día.
Ver su carita de auténtica paz, cerrando sus ojitos muy lentamente, al recibir mis caricias suaves.
Dejarme arropar por su abrazo.
Sentir cómo se abandona al sueño más profundo.
Dormimos así, abrazadas, un par de horitas más (siempre que el trabajo me lo permite. Cuando no, duerme con papi).
Y no hay nada mejor que despertar con su sonrisa, esa que ilumina mis días.
Ojalá esta "rutina" dure mucho tiempo. Ojalá, dentro de unos años, sea ella misma quien venga solita a nuestra cama, dando pequeños pasitos, arrastrando sus pies chiquititos.
Siempre será bien acogida, porque sé que es lo mejor para los tres.
También sé que, irremediablemente, llegará un día en que no le apetezca dormir con mami y papi.
Llegará un día en que, de forma natural, querrá dormir solita en su habitación.
Ojalá llegue tarde ese día (y no me prive de ese momento especial), pero sé que llegará.
Sin llantos. Sólo amor, y absoluta paz.
sábado, 9 de junio de 2012
Pasito a pasito, conciliación
Vamos poco a poco. Paso a paso. En busca de la conciliación, pero la real.
Trabajar, sí, por desgracia no puedo renunciar a la remuneración económica, pero disfrutar de mi niña. No perderme los mejores momentos de los mejores años. Disfrutar y crecer con ella. No tener que arrepentirme después.
Trabajo, desde hace ya 12 años, en una gran empresa, una multinacional. De esas dirigidas, en su mayoría, por hombres (mayores de 50). Podéis imaginar entonces lo difícil que será la negociación. Antes de nada, me gustaría deciros que estoy muy orgullosa de mi empresa. En general, es una empresa con grandes valores humanos. Y muy preocupada por el bienestar de sus empleados.
A las 22 semanas de embarazo, suspensión de contrato por riesgo (las chicas pasan demasiadas horas de pie y haciendo grandes esfuerzos).
Tras la baja maternal, 14 días de lactancia o media hora diaria.
Acumulan las vacaciones no disfrutadas con la baja maternal, así que, casi con toda probabilidad, las recién estrenadas mamás no han de separarse forzosamente de su bebé hasta bien bien los seis meses.
Se aceptan las guardas legales con el horario que pide la trabajadora.
Un largo etc. Cosas normales, lógicas y obligadas... Pero que, me consta, no se cumplen en todas las empresas (véase despido de Mango a la chica que comunicó a su superior que estaba embarazada...)
Eso sí... Todo esto vale... Si no ocupas un mando directivo, como es mi caso.
Llevo un equipo de 15 personas. Soy la última responsable de todo lo que ocurra en mi tienda. Eso significa 24h en el móvil, días libres sin libertad, una sonrisa siempre siempre, a pesar de la realidad de tu día a día. Significa velar por ellas... Y por el negocio, por la empresa, por las ventas. Estrujarte el cerebro para buscar la manera de vender más, de que el cliente te prefiera, sobre todo en estos momentos en que cada euro cuenta...
Significa muchas pesadillas, muchos despertares en las madrugadas.
Ningún problema por todo esto, hasta que me convertí en madre.
Ascendí un 18 de marzo. Me enteré que estaba embarazada una semana después.
Cabe decir que en la entrevista para mi ascenso, ya hablé con mi superior (mujer) que aceptaba sin problema, pero que lo más importante para mí, en ese momento, era quedarme embarazada. Que lo estaba buscando y que no sabía cuándo vendría... La respuesta, sincera o no, fue tranquilizadora. "Normal, mujer, estás enamorada, y en la edad de querer ser madre, no hay problema".
Esperé 12 semanas a comunicar a mi jefa que estaba embarazada (ya sabéis que sufrí un aborto anteriormente y no quería arriesgarme...). Esta vez la reacción volvió a ser positiva. "¡Enhorabuena! Lo más importante es cómo te encuentras... ¿Está todo bien?".
Desde que supe que estaba embarazada, mi mundo giró por completo. Si mis jefes me leyeran no darían crédito... pero dejé de darle importancia al trabajo. Soy una mujer responsable y no desatendí mis obligaciones, pero mi motivación había cambiado. Mi mente ya no estaba 24h con ellos, sino con mi bebé, con esa vida que estaba creando en mi interior, con ese ser que, ya desde mi barriga, me hacía tan dichosa.
Al ser jefa, ni hablar de suspensión de contrato. Más o menos lo entiendo, pasamos mucho más tiempo sentadas que las chicas, en el despacho (aunque ni mucho menos las 8h sentadas, pues solemos "predicar con el ejemplo" y pasar mucho tiempo en sala de venta).
Tras el parto, baja maternal, 16 semanas. Ni una más. Un jefe no tiene derecho (al menos moralmente hablando, y siempre según los altos cargos) a recuperar vacaciones perdidas en las bajas.
Casi imploré los 14 días de lactancia. Nunca se me negó nada, pero siempre sentí que estaba "mal visto" que una jefa exigiera tales derechos.
Evidentemente, ni se me ocurría hablar de guarda legal, de reducción de jornada.
Volví al trabajo, a las responsabilidades, cuando mi pequeña tenía tan solo 4 meses y medio. Inhumano, antinatural. De eso hace ya tres meses y no consigo levantar cabeza.
Mi puesto exije demasiada dedicación, demasiada preocupación, demasiados esfuerzos. Y, todo eso, me veo obligada a robárselo a ella. Evidentemente, no pienso hacerlo.
Me planteé dejar de trabajar, para cuidar de mi pequeña. Tal era el dolor ante la separación. No estaba dispuesta a perderme tanto... Así que, tras un tiempo de taquicardias, ansiedades y dolores de cabeza, decidí exponerle a mi jefa mi situación, sin tener nada claro que esta vez su reacción fuera tan positiva...
Más o menos, fue bien. Me entendió, al menos aparentemente, puede que conmovida por mis lágrimas. Ante mi idea de marcharme dijo que "ni loca", que prefería tenerme menos horas, pero tenerme.
Así que, a pesar de ser del todo inusual en mi puesto, he conseguido una reducción de jornada.
Con ello he ganado tiempo para la peque y algo de tranquilidad para mí. Pero sólo es una prueba. Jornada reducida es un decir en un puesto de trabajo como el que tengo. Sigo enganchada 24h al móvil y desquiciada por la presión de vender. No siempre consigo desconectar, y mi hija no merece compartir mi dedicación.
Estoy empezando a organizarme y no lo llevo del todo mal, pero no sé si llegaré a conseguirlo. El problema no es el trabajo (hago lo que me gusta en una empresa que me llena), sino la responsabilidad. Casi nadie me entiende, pero la única responsabilidad que quiero, hoy por hoy, es la de educar a mi hija.
Cuento con el apoyo de mi jefa, que es mujer, madre y, al menos en apariencia, con mucho sentido común. Pero sus superiores son hombres, sé casi a ciencia cierta que ella misma habrá tenido más de una discusión con ellos por mi situación... Y sé que, muy probablemente, seré señalada con el dedo en mis próximas reuniones.
Como es lógico, nada de eso me importa demasiado. Lo verdaderamente importante es que tengo más tiempo real para estar con mi niña. Si consigo organizar mi mente, igual que mi agenda, desconectar en mis momentos en casa y sacar adelante la tienda... Habré conseguido una conciliación muy real.
Ojalá.
Trabajar, sí, por desgracia no puedo renunciar a la remuneración económica, pero disfrutar de mi niña. No perderme los mejores momentos de los mejores años. Disfrutar y crecer con ella. No tener que arrepentirme después.
Trabajo, desde hace ya 12 años, en una gran empresa, una multinacional. De esas dirigidas, en su mayoría, por hombres (mayores de 50). Podéis imaginar entonces lo difícil que será la negociación. Antes de nada, me gustaría deciros que estoy muy orgullosa de mi empresa. En general, es una empresa con grandes valores humanos. Y muy preocupada por el bienestar de sus empleados.
A las 22 semanas de embarazo, suspensión de contrato por riesgo (las chicas pasan demasiadas horas de pie y haciendo grandes esfuerzos).
Tras la baja maternal, 14 días de lactancia o media hora diaria.
Acumulan las vacaciones no disfrutadas con la baja maternal, así que, casi con toda probabilidad, las recién estrenadas mamás no han de separarse forzosamente de su bebé hasta bien bien los seis meses.
Se aceptan las guardas legales con el horario que pide la trabajadora.
Un largo etc. Cosas normales, lógicas y obligadas... Pero que, me consta, no se cumplen en todas las empresas (véase despido de Mango a la chica que comunicó a su superior que estaba embarazada...)
Eso sí... Todo esto vale... Si no ocupas un mando directivo, como es mi caso.
Llevo un equipo de 15 personas. Soy la última responsable de todo lo que ocurra en mi tienda. Eso significa 24h en el móvil, días libres sin libertad, una sonrisa siempre siempre, a pesar de la realidad de tu día a día. Significa velar por ellas... Y por el negocio, por la empresa, por las ventas. Estrujarte el cerebro para buscar la manera de vender más, de que el cliente te prefiera, sobre todo en estos momentos en que cada euro cuenta...
Significa muchas pesadillas, muchos despertares en las madrugadas.
Ningún problema por todo esto, hasta que me convertí en madre.
Ascendí un 18 de marzo. Me enteré que estaba embarazada una semana después.
Cabe decir que en la entrevista para mi ascenso, ya hablé con mi superior (mujer) que aceptaba sin problema, pero que lo más importante para mí, en ese momento, era quedarme embarazada. Que lo estaba buscando y que no sabía cuándo vendría... La respuesta, sincera o no, fue tranquilizadora. "Normal, mujer, estás enamorada, y en la edad de querer ser madre, no hay problema".
Esperé 12 semanas a comunicar a mi jefa que estaba embarazada (ya sabéis que sufrí un aborto anteriormente y no quería arriesgarme...). Esta vez la reacción volvió a ser positiva. "¡Enhorabuena! Lo más importante es cómo te encuentras... ¿Está todo bien?".
Desde que supe que estaba embarazada, mi mundo giró por completo. Si mis jefes me leyeran no darían crédito... pero dejé de darle importancia al trabajo. Soy una mujer responsable y no desatendí mis obligaciones, pero mi motivación había cambiado. Mi mente ya no estaba 24h con ellos, sino con mi bebé, con esa vida que estaba creando en mi interior, con ese ser que, ya desde mi barriga, me hacía tan dichosa.
Al ser jefa, ni hablar de suspensión de contrato. Más o menos lo entiendo, pasamos mucho más tiempo sentadas que las chicas, en el despacho (aunque ni mucho menos las 8h sentadas, pues solemos "predicar con el ejemplo" y pasar mucho tiempo en sala de venta).
Tras el parto, baja maternal, 16 semanas. Ni una más. Un jefe no tiene derecho (al menos moralmente hablando, y siempre según los altos cargos) a recuperar vacaciones perdidas en las bajas.
Casi imploré los 14 días de lactancia. Nunca se me negó nada, pero siempre sentí que estaba "mal visto" que una jefa exigiera tales derechos.
Evidentemente, ni se me ocurría hablar de guarda legal, de reducción de jornada.
Volví al trabajo, a las responsabilidades, cuando mi pequeña tenía tan solo 4 meses y medio. Inhumano, antinatural. De eso hace ya tres meses y no consigo levantar cabeza.
Mi puesto exije demasiada dedicación, demasiada preocupación, demasiados esfuerzos. Y, todo eso, me veo obligada a robárselo a ella. Evidentemente, no pienso hacerlo.
Me planteé dejar de trabajar, para cuidar de mi pequeña. Tal era el dolor ante la separación. No estaba dispuesta a perderme tanto... Así que, tras un tiempo de taquicardias, ansiedades y dolores de cabeza, decidí exponerle a mi jefa mi situación, sin tener nada claro que esta vez su reacción fuera tan positiva...
Más o menos, fue bien. Me entendió, al menos aparentemente, puede que conmovida por mis lágrimas. Ante mi idea de marcharme dijo que "ni loca", que prefería tenerme menos horas, pero tenerme.
Así que, a pesar de ser del todo inusual en mi puesto, he conseguido una reducción de jornada.
Con ello he ganado tiempo para la peque y algo de tranquilidad para mí. Pero sólo es una prueba. Jornada reducida es un decir en un puesto de trabajo como el que tengo. Sigo enganchada 24h al móvil y desquiciada por la presión de vender. No siempre consigo desconectar, y mi hija no merece compartir mi dedicación.
Estoy empezando a organizarme y no lo llevo del todo mal, pero no sé si llegaré a conseguirlo. El problema no es el trabajo (hago lo que me gusta en una empresa que me llena), sino la responsabilidad. Casi nadie me entiende, pero la única responsabilidad que quiero, hoy por hoy, es la de educar a mi hija.
Cuento con el apoyo de mi jefa, que es mujer, madre y, al menos en apariencia, con mucho sentido común. Pero sus superiores son hombres, sé casi a ciencia cierta que ella misma habrá tenido más de una discusión con ellos por mi situación... Y sé que, muy probablemente, seré señalada con el dedo en mis próximas reuniones.
Como es lógico, nada de eso me importa demasiado. Lo verdaderamente importante es que tengo más tiempo real para estar con mi niña. Si consigo organizar mi mente, igual que mi agenda, desconectar en mis momentos en casa y sacar adelante la tienda... Habré conseguido una conciliación muy real.
Ojalá.
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