lunes, 8 de abril de 2013

Desnudándome

Sé que te cuesta entender mi forma de crianza. No sabes por qué motivo mi hija ha invadido todos los rincones de mi alma.
He intentado explicarlo algunas veces, pero ni siquiera para eso dedico demasiado tiempo. Mi tiempo, TODO mi tiempo, es para ella.
A veces dices que no me olvide de mí, que "los hijos crecen rápido y qué harás entonces...".
Qué haré entonces... Quizá no arrepentirme de habérmelo perdido. Quizá dar gracias por haber vivido esos momentos que jamás volverán.

Pero vayamos por partes. Hoy me apetece explicarte algo más de mí. No es ninguna excusa, puede que ni siquiera tenga lógica... Pero tal vez, solo tal vez, después de leer esto seas un poco más capaz de entender...

¿Tú recuerdas cuando eras niño? Yo no.

Borré casi todos los recuerdos. Ni siquiera sé si lo hice consciente o inconscientemente. Simplemente, no están.

Bueno, para ser sinceros, alguna sensación sí ha quedado.
Puedo resumírtelo en pocas líneas...

No recuerdo qué es un padre. Jamás lo tuve. Sí, un par de veces nos visitó en domingo, para invitarnos a un refresco. A la tercera dije que no me apetecía, que prefería estar con mis amigos (creo recordar que tenía unos diez años...). Nunca más le vi. Y, aunque te cueste creerlo, jamás le eché de menos. No puedes añorar lo que no conoces.

Recuerdo una madre siempre enferma a la que yo misma hacía las curas, hasta que se fue, a mis trece años.

Recuerdo crecer al lado de una abuela, siempre demasiado mayor y demasiado triste para repartir juegos, abrazos o besos.

Recuerdo dos hermanos con los que jamás compartí mucho más que algún reproche... Y con los que hoy ni siquiera reproches me apetece compartir.

Puedo resumirlo aún más. Recuerdo una infancia en soledad.

Siempre fui una niña seria. Luego me convertí en adolescente responsable, estudié una carrera que pagué con mi propio sueldo, me licencié con mucho esfuerzo y algo de orgullo... Pero no recuerdo haber sonreído mucho.
Me crucé por el camino con dos hombres demasiado parecidos a aquel padre ausente. Muchas veces pienso que yo misma los busqué, o los atraje, qué sé yo...
Sufrí, seguí sufriendo... Hasta que llegó ÉL (así, con mayúsculas) y sentenció aquel NUNCA LLUEVE ETERNAMENTE. El resto de la historia lo conoces ya... La sonrisa no ha desaparecido de mi cara desde entonces. Hace que el sol brille cada día, todos y cada uno de mis días. Y, además, me ha regalado lo mejor de mi vida: mi niña.

Si una cosa tuve siempre clara es que un hijo solo debe tenerse desde el amor más profundo y la unión más sincera.
Un niño no pide venir al mundo, lo decidimos nosotros, con todas las consecuencias. Por tanto, nos debemos a él. Su felicidad debería ser nuestro único objetivo.
Un niño no debe sentirse solo JAMÁS.
Todos los besos, los abrazos, las risas, los te quiero... Son vitales para un niño.

Todo mi tiempo, mis esfuerzos, mis energías... Todo está destinado a ella. Nunca voy a permitir que se sienta sola.
Eché de menos los besos, las caricias, los juegos, los te quiero. Es cierto que la vida no me dio opción, pero esta vez es diferente, esta vez sí tengo la opción, yo no hago más aprovecharla. Escuché a mi instinto, tan sabio... Y solo me dejo llevar...

¿Entiendes un poquito mejor?
En realidad tampoco importa demasiado... Simplemente, no me compadezcas, no me juzgues. Hazme solo ese favor.


martes, 19 de marzo de 2013

Felicidades, papi

Pequeña, hoy vamos a felicitar a papi.

Es su día.

Vamos a darle las gracias por todo el amor, por toda la dedicación, por la pasión.

Tú ya sabes cuánto te quiere papi, cómo te cuida, cómo has pasado a ser el centro de su vida. No hace falta más que ver con qué ojos le miras, cuánto amor desprenden, cuánta devoción.

Pero yo puedo ayudarte a saber más. Papi es la persona más buena que conozco. Jamás piensa mal de nadie, siempre tiene la palabra adecuada, siempre sonríe, siempre ama.

Papi decidió un día, hace casi 6 años, dedicar su vida a hacerme feliz. Cumplió su promesa, la sigue cumpliendo día a día.

Papi ya te amaba antes de verte.

Papi saltó de alegría cuando supo que estabas en camino.

Tú no lo recuerdas, pero antes de venir, hiciste otro intento. Quisiste llegar cuando aún no era el momento. No te aferraste lo suficiente, a las siete semanas te fuiste. Mami sufrió mucho más de lo que sabe expresar. Sufrió el dolor físico, pero el psicológico dolió más aún. Papi sufrió con mami, cogió mi mano cuando el dolor parecía insoportable, lloró desconsolado al despedirte, me acompañó en la más absoluta oscuridad.

Después, cuando decidiste hacerte fuerte y venir a este mundo, esta vez sí, papi intentó que desapareciera el miedo a perderte de nuevo. Seguramente él también tuvo miedo... Pero su amor por mí, y también por ti, le hacía disimular, decirme continuamente que todo saldría bien...

Le vi temblar en alguna ecografía, antes de ver encendida la pantalla en la que aparecerías, temeroso de encontrar el vacío de la otra vez.
Pero tú siempre aparecías en esa pantallita, con el dedo en la boca, sin dejarte ver del todo... Pero llena de vida. Y él sonreía tranquilo ya, y apretaba mi mano, tal como habíamos pactado, cuando veía latir tu corazoncito.

Sufrió conmigo cuando tuvieron que ingresarme para que no sufrieras tú, cuando me tuve que "recluir" en casa para que no salieras antes de tiempo.

Me ayudó con tu habitación, con tu ropita, con la preparación de tu llegada. Casi nueve meses me estuvo transmitiendo tranquilidad... hasta el día en que decidiste hacerte ver. Ahí fui yo quien se colmó de tranquilidad... y él de nervios. ¡Por fin iba a verte la carita! Supongo que ese fue el momento en que, de verdad, fue plenamente consciente de que llegabas.
Y, aun nervioso, supo en todo momento cómo actuar. Volvió a coger mi mano cuando el dolor me rompía, literalmente. Secó mi sudor, y mis lágrimas, calmó mis temblores... Sentí que pasaba el mismo dolor que yo. Me acompañó, en el más amplio sentido de la palabra, como ha hecho siempre.

Tuvo mucho miedo, más del que ha tenido nunca, cuando vio que flojeaba tu corazón.

Miró, a pesar de lo que creía, con toda la atención posible, para no perderse detalle. Y, ¡ay, pequeña! cuando te vio salir... ¡Si hubieras visto su cara! Fue la viva expresión del más puro amor. Te cogió en sus brazos, parecías tan pequeñita, ¡pero tan grande a la vez!

Es imposible explicarte, mi niña, todo lo que ha sentido este tiempo papi por ti.
Y tampoco lo necesitas, porque lo sientes. Sabes que eres toda su vida.

Y yo no puedo estar más orgullosa de ese amor, porque no puedo sentirme más plena. Los dos, tú y él, dais sentido a mi vida, y hacéis que todo valga la pena.

Así que por todo eso, y por mucho más, que no puedo, o no quiero, o no sé explicar, vamos a felicitar a papi en su día.

Porque es mi mayor apoyo, mi otra mitad, casi mi mente y mi cuerpo.

Y porque es tu ejemplo, tu mayor admirador, tu amante incondicional, tu salvador, tu guía...

Felicitémosle, porque, aunque me tachen de poco objetiva, es el mejor padre que pudiste elegir (efectivamente, creo que fuiste tú quien nos elegiste a nosotros, no al revés).

Felicidades, papi.

Te queremos.

viernes, 1 de marzo de 2013

Y ahora... ¿cómo te lo explico?

¿Recuerdas cuando eras muy muy pequeñita (mucho más que ahora) y estabas en mi barriga?

¿Recuerdas cómo te acariciaba? ¿Cómo te cantaba?

Yo sí lo recuerdo, mi pequeña, porque no hace mucho... y porque ha sido la mejor etapa de mi vida.

Recuerdo cuando te decía que serías un bebé afortunado, porque eres fruto del amor más inmenso.

Ya entonces empecé a prometerte amor eterno. Te dije mil veces, entre caricia y caricia, que nunca permitiría que te sintieras sola.

Hace solo 15 meses que naciste, y ya he fallado a mis promesas.

¿Cómo te lo explico?

¿Cómo te explico yo ahora que no siempre podré acompañarte cuando lo necesites?

¿Cómo te explico que a veces estará mami, a veces papi, pero casi nunca los dos a la vez?

Trataré de hacerte entender...

Tú aún no sabes qué es el dinero. Tampoco me apetece que lo sepas... en el fondo, es el responsable de la mayoría de los males. Te diré, por si te ayuda a entender, que los papis tienen que tener dinero para que tú crezcas sana como creces, porque comes todo lo que necesitas. O para que luzcas preciosa como lo haces, con esas ropitas coloridas y modernas.

Y el dinero, pequeña, no es de todos por igual. No está en todas partes, disponible para quien lo necesita. No.

El dinero lo tienen unos señores, casi siempre los mismos. Y los papis, los tuyos y los de la mayoría de bebés, tienen que trabajar para conseguir que esos señores les den el dinero que les corresponde.

Son esos señores, pequeña, quienes deciden cómo, dónde y cuánto.

Son esos señores quienes han decidido que el dinero nos lo darán a cambio de tiempo. Requieren nuestro tiempo, necesitan "tenernos cerca", más allá de si lo que hacemos ahí, bien cerquita, es algo interesante o no.

Mami, peleando mucho, ha conseguido arrebatarles un poquito de ese tiempo para ofrecértelo a ti.

He renunciado a unos cuantos caprichos, pero tu sonrisa y tus besos lo compensan con creces.

Algún día te explicaré qué consecuencias ha tenido esa lucha por nuestro tiempo, pero ya lo dejo para otra conversación...

Papi no puede luchar, porque esos señores se lo ponen bastante más difícil. Quieren el máximo del tiempo de papi, desde la mañana temprano hasta que estás a puntito de ir a dormir.

¿Cómo te explico que papi no puede darte de comer, acompañarte en el baño, o darte las buenas noches?

¿Cómo te lo explico?

¿Has entendido algo?

Yo tampoco, mi pequeña. Yo tampoco.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Desilusión

No puedo permitirme la desilusión. Ni quiero ni puedo.

Entre otras cosas, porque si empezamos a verlo todo negro, el barco no tardará en hundirse.

Aunque a veces me fallen las fuerzas y las ganas...
Aunque a veces no vea la luz...
Aunque a veces las voces contrarias parezcan cobrar vida, ahogando mi propia voz...
Aunque a veces sienta que no vale la pena, que no progreso...
Aunque a veces me ahogue en errores, críticas y absurdos...

Aún así, no puedo desilusionarme. Porque ya no lucho por mí misma, sino por ti, mi pequeña.

Porque mi único sueño es tu felicidad, presente y futura.
Porque esta lucha no tendría sentido sin tu sonrisa.
Porque quiero aprovechar mis errores para que aprendamos juntas.
Porque nadie tiene derecho a decidir cuánta cantidad de tiempo nos merecemos.
Porque tienen que entender, no les queda otra, que el amor está muy por encima de todo.
Porque si sigo (seguimos) luchando, pero con garra, seguridad, convencimiento y ganas, podré dormir tranquila, sabiendo que hice todo lo que estuvo en mi mano para que tú, y las de tu generación, no tengáis que arañar vuestros derechos.

Seguiré luchando, no te quepa duda.

Aunque hoy parezca que no me quedan fuerzas.

Tu sonrisa me las da.

sábado, 16 de febrero de 2013

Soy intolerante

Hoy escribiré una entrada políticamente incorrecta.

Porque necesito "sacar" todo esto, porque estoy hartita de poner buena cara y callar.

Básicamente, como siempre, porque me da la gana.

Como a todas las mujeres, ser madre me cambió la forma de ver la vida. Empecé a ser otra, mis ojos ya miraban diferente.

Casi todo ese cambio ha sido para mejor. Pero hay una cosa no tan buena que me trajo el embarazo y se ha quedado conmigo después: no consigo ser tolerante.

Soy intolerante con quienes se empeñan en darme consejos no pedidos, amparándose en una experiencia de 30 años atrás.
Primero, cada niño es distinto, cada madre también... Y, sobre todo, ¡no me importa tu opinión! (lo sé, ya avisé, decir todo esto no es políticamente correcto...)

Soy intolerante con pediatras que reniegan de la lactancia materna. Con ese pediatra que hoy mismo le ha dicho a mi prima (casi hermana) que su hija coge muy poco peso "por culpa de que sigue tomando teta, y ¡tiene ya 15 meses!".
Se supone que debe apoyarle, asesorarle, guiarle, ¡pero no asustarle y culpabilizarle!
Que sí, que la niña es menuda (y prematura, de 34 semanas), que come poquito... ¡pero está sanísima y muy muy feliz!
No soy capaz de tolerarlo, no puedo soportar que le meta el miedo en el cuerpo, que le haga plantearse que hace mal, cuando en realidad le está ofreciendo a su pequeña el mejor de los alimentos.

Hay otra cosa más que soy incapaz de tolerar, y sé que es un tema que levanta ampollas... Y por eso llevo tiempo esforzándome en comprender.
Soy intolerante con esas ma(pa)dres que optan por el "adiestramiento".
Mi conciencia no deja de repetirme que debería respetar la elección de cada uno.
Evidentemente, jamás faltaría el respeto a estas madres, porque no se lo falto a nadie, y además estoy convencida de que creen que es lo "mejor para el futuro de su hijo". Así se lo vendieron, así lo creyeron.
Jamás les diría nada... precisamente porque a mí no me gusta que opinen y juzguen lo que hago.
Solo digo que soy incapaz de tolerarlo.

Porque veo sufrir a esos bebés. Les veo llorar sin ser atendidos, ser castigados por cosas de las que ni siquiera son conscientes. Y, de acuerdo, cada uno es libre de hacer con su hijo lo que quiera, pero... ¿no está el límite en el sufrimiento humano?

He intentado ponerme en el lugar de esas madres. Y, aun desde allí, no consigo comprender.
Porque puede que ellas tampoco estén de acuerdo con que yo duerma con mi peque, o con que la lleve "a un beso de distancia" (maravilloso eslogan de Brazos y Abrazos, estupendos asesores de porteo, pásate, lo recomiendo). O con que no le grite ni castigue, o me empeñe en respetar sus tiempos, ritmos y espacios... ¡Pero mi hija no sufre con ello!

Quiero dejar de sufrir con este tema, y quizá este desahogo me ayude en eso.
Pero, de momento, mi corazón late con fuerza e indignación cada vez que veo un niño ignorado, castigado, insultado por los seres que más deberían cuidarlo y protegerlo.

Intento mirar para otro lado, pensar que es decisión de sus padres, que son libres de elegir...
Pero no puedo evitar que me asalten unas ganas irrefrenables de gritarles que se equivocan.

Como sé que no soy nadie para opinar, y mucho menos para dar lecciones, seguiré callando.

Y me seguirá indignando ver un bebé sufrir.

Seguiré sin tolerarlo.

jueves, 24 de enero de 2013

Queridos jefes...

Queridos jefes:

No seré yo quien les dé lecciones (¡faltaría más!), pero me gustaría explicarles algo que hace un tiempo me ronda la cabeza, y que creo puede ayudarnos a todos.

¿Recuerdan que hubo un tiempo en que vivía enamorada de la empresa? (no les culpo si no recuerdan, somos tantos números...)

Pues sí, hubo un tiempo en que, como todo amor intenso, mi vida giró en torno a la organización que ustedes lideran. En pleno "enamoramiento", solo pude ver sus virtudes. Fui feliz, muy feliz, dándolo todo por ese amor (poco importaba que recibiera menos de lo que daba, ya se sabe, así es el amor).

Pasaron años, ese amor perduraba, si bien ya no tan ciego, pues el tiempo siempre deja ver algún defecto (el "enamoramiento ciego" del principio de toda relación no es eterno...)

Han pasado casi 13 años desde ese inicio de nuestro amor... Y sí, me temo que ha empezado el desamor.

Les escribo como parte implicada, para que sepan que mi intención es salvar esta relación.

Puede que se sorprendan, de todos es sabido que cuando una relación empieza a hacer aguas siempre hay una de las partes que no se da cuenta.

Les expondré mis razones, ojalá puedan comprender...

Hace 14 meses, alguien más apareció en mi vida, trastocando todos mis planes, dando una vuelta a mis cimientos, ocupándolo todo.

Entiendo que ante la llegada de un tercero, ustedes puedan sentirse (re)celosos. Aunque a ustedes sigo teniéndoles afecto... Mi vida ya gira por completo alrededor de esa pequeña vida de 14 meses, de grandes ojos oscuros y sonrisa eterna.

Lo que quisiera hacerles entender, queridos jefes, es que, aunque es cierto que mi amor más puro es para ella, aún tengo cariño muy sincero para seguir siendo muy leal a mi trabajo. Les juro que puedo repartir lealtades.

Mi problema es que ustedes ya no creen en mí, piensan que ese amor me ha cambiado, que el día del parto se esfumó toda mi preparación, mi dedicación, mi esfuerzo, mi coherencia, mi ya comentada lealtad.

Es cierto que les pedí un tiempo para ese otro amor, y de ahí viene su desconfianza (puedo comprenderles, no están acostumbrados a compartirme).

Les diré una cosa que puede hacer tambalear los cimientos de su cultura empresarial: la productividad YA no se mide por el tiempo presencial.

Como puedo adivinar su asombro, intentaré explicarme.

Y se lo explicaré con mi ejemplo, al fin y al cabo, soy parte protagonista en esta relación.

Cuando soy feliz, soy mucho más productiva. Trabajo mucho más, me implico mucho más, resuelvo mucho más.
Y soy feliz si puedo dedicar el tiempo suficiente (justo el que les he pedido) a ese otro amor reciente que me invade el corazón.
Si tengo ese tiempo, el otro tiempo, el que estoy con ustedes, sabré aprovecharlo al máximo (en eso empiezo a ser experta, déjenme demostrarlo).

Si noto su recelo, si sé que desconfían, si me ponen mala cara o entramos en discusiones, el tiempo que paso con ustedes carecerá de calidad (que no suene a amenaza, por favor, no me malinterpreten, solo pretendo que entiendan...).

Soy consciente de que ustedes estuvieron educados en la omnipresencia. Y que no es que quieran desconfiar de mí sin más, es solo que así les enseñaron, así han actuado siempre ("si quieres ser valorad@, te debes a la empresa").
Sienten que compartir el amor es una aberración, ustedes aman de forma exclusiva.

Ustedes no tienen tiempo para sus familias, porque creen que "es lo que toca", que hay que sacrificarse si "quieres ser algo en esta vida", que cuanto más tiempo dediquen a la empresa, mejor valorados estarán.

Siento decirles que por esa convicción, precisamente, es por lo que ustedes jamás sonríen.

Vamos a intentarlo, queridos jefes, hagan un esfuerzo.

Confíen en mí.

Sí, les dedicaré menos tiempo, pero de más calidad.

Salvemos esto. Trece años son muchos años para tirarlo todo por la borda.

Atentamente,

 Su leal empleada y feliz madre.

viernes, 18 de enero de 2013

¿Guarderías?

Me resulta imposible no llamarlo "guardería". A pesar de los vanos intentos por convencerme del eufemismo "escuela infantil".

Siento que "te guardo" allí. Y no porque quiera (te prometo que si tuviera opción no lo haría), sino porque no me queda más remedio.

Te llevo por la mañana, más temprano de lo que estás acostumbrada. Sales feliz a la calle, ¡cómo te gusta pasear!, ignorando a dónde vamos.
Después de una semana, parece que empiezas a conocer el trayecto y, a medida que nos acercamos, tu bella sonrisa va desapareciendo.
No puedes imaginar cómo me duele. Y allí te dejo, en manos de una "desconocida", llorando como jamás lo has hecho en tus 14 meses de vida, y me voy con el alma hecha añicos.

Durante estos 14 meses, papi y  yo hemos intentado evitarte cualquier tipo de llanto. Solo queremos que sonrías, que disfrutes la vida día a día, minuto a minuto, que recuerdes, cuando seas suficientemente mayor para recordar, esta infancia con la mejor de las sonrisas.

Y ahora, por pura obligación, somos nosotros mismos quienes te provocamos ese llanto desconsolado.

Intuyo que no entiendes nada, que ves cómo te dejamos rápidamente con esa chica (que sí, es simpática y sonríe, ¡pero no la conoces!) y salimos corriendo (casi literalmente).

¿Qué pasa entonces en tu cabecita? Seguramente, que desaparecemos para siempre. Eres demasiado pequeña para entender que solo nos vamos una hora. Demasiado bebé para comprender eso que tantas veces te repetimos ("ahora vas al cole solo un ratito, enseguida viene mami o papi a recogerte").

Pensar que te sientes abandonada hace que se me encoja el alma.

De nada sirven los "consejos" de familia y amigos:

- "Se acostumbrará, ya verás, solo es cuestión de tiempo..." (lo sé, lo sé, el problema es que YO no quiero que "se acostumbre" a conformarse)

- "La guarde les va muy bien, ya verás, aprenden mucho, "se socializan" (también aprende a mi lado, y pregunta si  quieres a quienes nos cruzamos en nuestros paseos si esa pequeñaja de ojos risueños que agita la mano con euforia al verles no es "sociable")

- "Así tienes más tiempo para ti" (¿cuándo entenderéis que yo soy porque ella existe? ¿que NO QUIERO más tiempo del que paso a su lado?)

- "Después será más fácil la adaptación al cole" (cuando vaya al cole tendrá 3 años, creo que entonces entenderá bastante mejor los tiempos y las ausencias. Además, odio ese empeño de los adultos por adelantar etapas. Los bebés son bebés, ¡ya tendrán tiempo para todo!)

En fin, que la sensación de abandono la tengo también yo, y el sentimiento de culpa, pues no creo para nada que tú lo necesites, está claro que la única que lo "necesita" soy yo (para que tú puedas vivir en condiciones, yo tengo que ir a trabajar).

Y aún deberíamos sentirnos "afortunadas". Haciendo filigranas, hemos conseguido retrasar este momento hasta ahora, los 14 meses. Los que mandan pretendían que "te guardara" a los 4.

Y luego dicen por ahí que ofrecer "ayudas" para las guarderías favorece la conciliación.

En fin...