jueves, 26 de febrero de 2015

Y tú... ¿Te perdonas?

Relativizar. 

Ser consciente de que no eres súper héroe. Ni súper mujer, ni súper madre, ni súper amiga, ni siquiera súper trabajadora. 

Y quizá lo más importante, NO pretender serlo. 

Llegas hasta donde llegas, eres humana.

Relativizas. 

Si a algo no llego, que no sea lo más importante.

Puede que esa sea la clave, tener claro qué es lo más importante. 

Una vez lo sabes, priorizas. 

Y ahí, algo quedará en el camino, pero... eres humana. 

Sabrán entenderlo. 

Y tú... ¿Te perdonas? 


jueves, 29 de enero de 2015

De infancias rotas y toma de decisiones

Yo también fui niña. Aunque jamás tuve un sueño. No me dio tiempo a soñar. 

Fui niña sin padre, con madre enferma. Sin ninguno de los dos a los 13. 
O sea, crecí, a la fuerza, sin un referente. Tan solo una abuela siempre triste y rencorosa (enviudó a los 42, sobrevivió a dos hijos... No seré yo quien la culpe, por supuesto que no).
Una tía muy cercana a la que no le apetecía cuidar de sus propios hijos (aún menos de sobrinos). 
Una hermana siete años mayor que nunca supo gestionar el dolor por la ausencia paterna ni asimilar las verdades que solo ella conocía. 
Un hermano, once meses menor, que decidió crear un mundo paralelo. Intentó encajar en todas las tribus urbanas del momento, ahora sé que en busca de ese grupo de referencia que faltaba en casa. 
Nunca encontró su sitio. Me consta que lo sigue buscando, entre mentira y mentira, entre falsas historias de amor eterno... Acumulando rencores, deudas, soledades. 

En esas crecí, sin plantearme jamás que la vida pudiera ser de otro modo. Alguna vez sí envidié, lo recuerdo, tener una familia normal, de las de domingos en el parque y agostos en la costa. Pero asimilé que nunca la tendría, y seguí mi ruta. 
Pude refugiarme en la "mala vida", tan asquerosamente común en el barrio de las afueras en el que crecí. Pude buscar también yo ese grupo de referencia en quien me ofrecía colocón a cambio de olvido. 
Pero no lo hice. Jamás probé una droga. Y jamás he sentido, siquiera, la más mínima tentación, o curiosidad. Sabía que era malo, con eso tenía suficiente. Mi exagerado sentido de la responsabilidad (no sé si innato o adquirido de forma obligatoria, pero siempre presente) hizo el resto. 

Me refugié, eso sí, en los libros.
Leía encerrada en mi cuarto, en aquella casa de gritos, tristeza y apuros. Recreaba historias, me empapaba de otras vidas, volaba. 
Gané concursos literarios en la escuela, fui nombrada "responsable de la biblioteca", escribí, escribí, escribí. 
Me regalaron un diario siendo muy joven, creo que por la Primera Comunión. Pregunté y me dijeron que ahí debía escribir las cosas buenas y malas que hacía cada día. Aquello me aburría, y decidí dar rienda suelta a mi mente, plasmar en aquellas páginas, libres de juicios y sanciones, las emociones que bullían, que se atropellaban; los pensamientos que ni yo misma entendía. 
Esa fue, con total seguridad, mi tabla de salvación. Mi PNL de estar por casa. El único motivo por el que no me volví (del todo) loca. 

Nunca fui una niña normal, ni siquiera una adolescente normal. Pero al menos enderecé mi cabeza, y mi vida. 

Quizá por eso haya decidido ser MADRE CONSCIENTE Y MUY PRESENTE. Quienes hemos sufrido carencia afectiva en la infancia sabemos, de primera mano, lo imprescindible del amor incondicional. Sobre todo, cuando el mundo se te queda grande, cuando nada encaja. Es entonces cuando ese amor hace de guía, de cobijo, de bastón. 

Quizá por eso, también, me enojo cuando escucho ese tan común "Cayó en la droga (sustituible por cualquier otra conducta desadaptativa) es normal, con la infancia que tuvo...". NO, señoras y señores. La vida entera es decisión de cada uno. Los sucesos son los que son, pero tú decides cómo afrontarlos, cómo gestionar la emoción que suscitan. Yo me equivoqué mil veces, me dejé tratar mal, pensando que el no-amor era lo "lógico", me arrepentí de palabras dichas y de lágrimas tragadas. Pero todo, todo, fue mi decisión. También decidí aprender de los errores, levantarme aunque no supiera para qué; seguir adelante, aunque no tuviera destino. 

Quizá por eso, también, me siento tan  afortunada por mi vida actual. Tanto, que no dudo ni un segundo en asegurar que volvería una y mil veces a pasar por todo ello si el premio es lo que tengo ahora. 

Quizá por todo aquello, me duele el alma si veo un padre o una madre que ignora conscientemente a su hijo. Sé qué siente el hijo, o qué puede sentir, porque al fin y al cabo mi falta de apego fue inevitable, no premeditada. 

Cuando me dicen "no vas a poder quitártela de los brazos jamás", "se va a enmadrar", "te va a necesitar para todo", solo pienso... ¡Qué suerte tiene mi niña!

Sé que, salvo casos enfermizos, todo padre ama a su hijo por encima de todo, de eso no me cabe duda. 
Demuéstraselo. 
Díselo. Mil veces al día si es necesario. 
Abrázale fuerte, que sienta el calor. 
No le ignores jamás, necesita saber que estás, en el más amplio sentido de la palabra. 
Mírale a los ojos, háblale de sentimientos, haz que confíe en ti. Confía tú en él. 
Respétale como merece, no sabes qué imprescindible es el ejemplo. 
Se trata, nada más, de AMAR en mayúsculas, sin miedos, sin tapujos, sin barreras. 

Ni siquiera es un consejo... Es una súplica. 


viernes, 9 de enero de 2015

Ya han decidido por mí

Sí, a mí también me gustaría ser la mejor en lo mío. 
Pero resulta que "lo mío" no es por lo que me pagan.

"Lo mío" es ser madre. 

Pues sí, quizá me gustaría ser bimadre. 

Pero para ello tendría que dejar aquello por lo que me pagan. 

O dejarme el sueldo en guardería. 

O dejar sin su vida a un familiar. 

La paradoja está clara... Si lo dejo, no tendré dinero para subsistir, no podré dar a esos dos hijos lo necesario. Y si no lo dejo, no podré ser madre consciente y presente, que es la única forma en que yo concibo ser madre. 

Así pues, ya han decidido por mí. 

Por mucho que mi instinto últimamente me desgarre. 

Por mucho que sueñe con ver a mi hija convertida en hermana mayor. 

Por mucho que necesite el olor a bebé de nuevo. 

Por mucho que se me ponga la piel de gallina de nostalgia, todavía, cada vez que veo una embarazada.

Por muy grande que sea la certeza de que esta segunda vez me equivocaría menos, o lo seguiría haciendo, pero con menos drama.

Por mucho que pueda asegurar que, esta vez sí, estaría convencida de mis decisiones.

Por mucho que llore en silencio, sabiendo que me arrepentiré cuando sea tarde. 

Por mucho que sienta, piense, llore o dude. 

Ya han decidido por mí. 

P.d. Y, como siempre, escucho el consejo no solicitado. Ese de "no seas tonta, quédate embarazada, de todo se sale". Y no lo dudo, pero, ¿a costa de qué? ¿Cuál es el precio a pagar?


martes, 30 de diciembre de 2014

Vértigo

Te observo reír, tranquila, y siento vértigo. 

Pienso en el futuro y tiemblo de miedo. 

Te veo imitarme orgullosa, aunque sea un gesto nimio, y me puede la responsabilidad. 

Es tan enorme esto de ser madre... 

Acompañarte en el camino sin perder mi norte, aconsejarte solo cuando lo pidas, felicitarte cuando lo merezcas, corregirte sin reproches. 

Lucho por convertirme en un bonito recuerdo. Que me pienses y te nazca una sonrisa. 

Solo acompañarte en el camino, sin hacer de guía, sin quedarme demasiado atrás. 

A veces me puede el temor a lo desconocido, el no saber cuánto vas a necesitarme. Si me olvidarás, si me echarás de más. 

Te miro con 3 años, y te veo con 20. 
Cómo me vivirás. 
Cuánta paciencia me quedará, cuánta habrás acumulado tú. 
Y los reproches... ¿Cómo los lidiaremos?

Vuelvo a mirarte entonces. 
En los 3. 
Y sonríes hasta con la mirada. 
Quizá vayamos en buen camino. 
Solo quizá.

Si dentro de unos años sientes que no era el correcto, te quedarán mis letras de perdón. Y la certeza de que lo hice lo mejor que supe. 

Te amo tanto que a veces duele. E incluso ese dolor te agradezco. 

Me haces grande, no sabes cuánto. 

Recuérdalo siempre... Incluso con 20. 

Aunque te dé vértigo. 


domingo, 23 de noviembre de 2014

¿En qué momento nos deshumanizamos?

Tuve a mi hija con todas las consecuencias. 

Sabía que los primeros años dormiría poco y mal. 
Que tendría rabietas.
Que soltaría palabras fuera de lugar delante de desconocidos.
Que no se quedaría sentada y quieta en un restaurante. 

Sabía que no tendría por qué ser fácil. 

Quizá por eso no suelo perder los nervios cuando pasa. Por eso y porque siempre, siempre, me pongo en la piel de mi hija. Siempre intento adivinar su sentimiento. Por eso le atiendo cuando lo pide, le explico mil porqués, le calmo cuando llora (aunque sea por una cabezonería), le justifico todos mis no. 
Le ayudo a identificar sensaciones, le enseño a ponerse en el lugar del otro cuando hace algo que puede resultar molesto. 
Su llanto me duele como si fuera mío. Necesito calmarlo siempre, sin excepciones. Sé que cuando reclama mi atención es porque lo necesita, no porque le apetezca sin más. Ignorarla en ese momento sería desatender sus necesidades y eso está incluso penado, digo yo. 


Y tú... ¿Qué pensabas cuando decidiste tener a tu hijo? ¿Creíste que sería un mini adulto educado y obediente desde el primer día? ¿Por eso pierdes los nervios, le castigas y le das azotes? ¿Por eso ignoras su llanto sin inmutarte al menos "por fuera"? 
¿En qué momento pensaste que no necesitarías la paciencia? ¿Creíste que tu vida no cambiaría ni un poquito? ¿Pretendías seguir con tu día a día sin interrupciones? ¿Por eso te molesta? ¿Crees que no le duele un azote? ¿Por qué crees que hay que domesticarle? ¿Acaso no ves claramente que necesita más guía y menos recriminaciones? 

No sé en qué momento nos volvimos inmunes a ese llanto de bebé, de niño. 

No sé cuándo nos deshumanizamos. 

Pero me da pena, mucha pena. Y terror. Si somos capaces de ignorar las necesidades de un ser indefenso... ¿a dónde podemos llegar? 

Ojalá recapacitemos. 

Ojalá empecemos a cuidar de nuestros niños, de nuestros mayores, de nuestros seres cercanos,  de los lejanos, del ser humano. 

Ojalá veamos que así solo vamos a la deriva. 

jueves, 23 de octubre de 2014

Quizá no has entendido nada...

Dices que "dejo a mi hija hacer lo que ella quiere". Y, con eso, veo que no has entendido nada, que me lees a veces (creo), pero sigues sin comprender.  Que me oyes cuando te explico, pero pocas veces me escuchas. Que no he sabido hacerme entender. 
Me duele tanto que pienses así, que voy a intentar explicarte realmente qué es lo que hago. 

No es que me deje arrastrar por los deseos de mi hija, solo es que SOY CONSCIENTE  del peso que tiene mi forma de relacionarme con ella en su futuro como adulta. 

Ella siempre está en el centro de mi vida. Me pienso mil veces las palabras, los actos, sus consecuencias... Mi meta es ser su ejemplo.

Si es que, al final, creo que la diferencia más grande entre tú y yo es que tú ves al niño como un tirano que hay que conducir al buen camino para que no te "tome el pelo", y yo lo veo como un ser humano, con sus sentimientos, pensamientos, manías... Al que me gustaría dar herramientas que le guíen, para que sea un adulto sereno y capaz de resolver sus problemas por sí mismo. 

Lo que tú llamas ceder, yo lo llamo negociar. Cuando acepto su propuesta de ropa, comida o lo que sea (sobra decir que jamás se acepta una propuesta peligrosa), le estoy enseñando que su opinión cuenta. Que tiene que luchar por lo que piensa, aunque no siempre gane. Que no es menos que nadie, pero tampoco más. 
Le estoy enseñando que tiene voz y voto, que sus gustos tienen que ser respetados, que tiene que aprender a decirlos en voz alta. No a imponerlos, solo proponer sin miedo. 

No podrás negarme que aprender a negociar es una muy valiosa herramienta, que le ayudará en todos los ámbitos en su vida adulta. 

Me gusta abrazarle fuerte cuando más llora, incluso cuando no entiendo por qué lo hace. Sí, tú quizá le llamas rabietas. Yo veo que mi hija sufre, se frustra por algo que no es capaz de comprender, por mucho que yo desde mis ojos de adulta lo vea clarísimo. La abrazo fuerte, le pregunto qué siente y cómo podemos solucionarlo. Las pocas veces que ha sucedido, lo hemos arreglado en segundos. Sin más dramas. Ella sabe que estaré incluso cuando no la entienda. Sabe que mi abrazo no se lo negaré jamás. A todo esto tú lo llamas "tomarme el pelo". Son distintas formas de verlo... Pero mi corazón me grita que vamos por buen camino. 

Sí, el NO se escucha en casa. No tantas veces como a la gente que piensa como tú le gustaría. Pero se escucha. Cuando aprendemos modales ("los pies no pueden subirse a la mesa mientras comemos"), cuando evitamos peligros ("mejor no trepes por el sofá, podrías caerte"), cuando aprendemos convivencia ("ahora no puedes cantar tan alto, es de noche y los vecinos duermen"...). Los otros NO, esos que se dicen por inercia, esos NO que se repiten sin ton ni son, esos tratamos de evitarlos. Como adulto, sabes que empezar muchas frases por NO hacen que seamos más negativos... Quizá con los niños ocurra exactamente lo mismo (¿por qué nos empeñamos en verlos como "seres" distintos a nosotros?). 

Me gusta explicarle mis motivos cuando me enfado, estoy triste o lloro. No suelo esconderle emociones, es más, me esfuerzo por ponerles nombre. ¡Lo que nos cuesta a los adultos hacerlo! Quizá si les enseñamos desde niños... Solo quizá... 

No creo en el castigo, en ninguna de sus formas. A mí jamás me enseñó nada un castigo. Nada bueno, al menos. Quizá sí me enseñó que cuando más comprensión necesitaba, se me dejaba sola. ¿Eso quiere decir que no le digo nada cuando hace algo incorrecto? Por supuesto que no. Me agacho, para ponerme a la altura de sus ojos, y aprovecho para decirle qué consecuencias tiene eso que ha hecho, cómo me hace sentir, y por qué no debería volver a hacerlo. Seria, firme, pero sin un grito. Tampoco los veo necesarios. Quizá porque yo misma odio que me griten. 

No, en su cole no van con taparrabos ni se mueven con lianas. En su cole les respetan. Les enseñan valores, además de los conocimientos clave. Aprenden a convivir, a relacionarse, forjan su personalidad, con fuerza, para que sea capaz, en el futuro, de enfrentarse a lo que venga. Para ello, despiertan su interés a través del juego, de las risas, de su curiosidad innata. Lo que aprendemos jugando lo guardamos para siempre en nuestra mente... Creo que estarás de acuerdo conmigo, al menos en eso. 

Es verdad, mi hija duerme con nosotros siempre que quiere (ojo! No cuando yo quiero, sino cuando ELLA quiere). Y, aunque sé que tú conoces muchos adolescentes con problemas, que con 15 años no quieren despegarse de la cama de mami... Te juro que yo no conozco ni uno. Mi hija sabe perfectamente que tiene su espacio, su habitación preciosa, con su cama "de mayor", como ella la llama. Tiene temporadas en las que quiere dormir ahí, y otras que prefiere el calor de mami. Hay veces en que la veo unas 2h en todo el día... No seré yo quien la culpe de necesitar mami. Ni quien se lo niegue para que "no se acostumbre", evidentemente. 
Pocos adultos disfrutan durmiendo solos. Estoy segura de que en un día duro buscas el abrazo cálido de tu marido al caer la noche... No veo tantas diferencias...

Todo puede resumirse en una máxima que me descubrió mi querida Let, y que se ha convertido en el eje principal de nuestro día a día: 

"NUNCA LE HAGO A MI HIJA ALGO QUE NO LE HARÍA A UN ADULTO".

Si tú lloras, te consolaré. 
Si te equivocas, te perdonaré. 
Si no te apetece comer ese guiso estupendo que acabo de hacerte, no te obligaré. 
Si decides vestir con una camisa amarilla y un pantalón verde, no seré yo quien juzgue tu gusto. 

Pon un millón más de ejemplos... Y todos te llevarán a lo mismo: TE RESPETO. Soy consciente de que eres un ser diferente a mí, ni mejor ni peor, y acepto esas diferencias, buscando el encuentro. Porque quiero lo mejor para mí, para ti, para las dos. 

Eso, exactamente eso, es lo que hago. No te lo permito todo, hay límites lógicos que nos ayudan a convivir, a aprender, a crecer. 

Se trata solo de eso. Respetar al otro. Sea adulto o niño. 

Igual lo que "siempre se ha hecho" no es lo mejor... O sí, no lo sé.
Pero dame permiso al menos para ponerlo en duda, sin juzgarme... 


sábado, 18 de octubre de 2014

Me gusta mi vida

Me gusta mi vida. 

Sí, podría hacer muchas cosas mucho mejor, pero me gusta mi vida. 

No me queda ningún te quiero en el tintero, ningún abrazo, ningún beso. 

He aprendido que nada es eterno, que todo pasa. Y todo llega. 

Podría organizar mejor mi tiempo, perderlo menos.
Pero, en general, me gusta mi vida.

Me rebozo en el suelo cuando lo pides, canto a voz en grito, bailo hasta caer exhausta, salto en los charcos. 
De acuerdo, solo contigo... Pero es que tú eres mi vida. No hay nada más allá de ti, no lo quiero tampoco, no lo necesito. Me completas.

Desoigo consejos que no pido, lucho por no estancarme en la queja, me miro desde tus ojos, no sea que desde los míos se distorsione el concepto. 

A veces confío demasiado en el mundo, porque me es más sencillo, e infinitamente más práctico. ¿Me decepciono? Algunas veces, sí. Pero forma parte del juego. 

Desterré el odio de mi vida hace mucho. Quise sustituirlo por la empatía, por entender el porqué de todo. A veces lo consigo, otras se queda en pena.

Pude hacerlo mejor en muchas ocasiones, pero trato de no alimentar la culpa. Todo error es aprendizaje. Lucho, eso sí, por hacer que esta bonita teoría sea real. 

Quizá digo pocos "no". Quizá se me olvida que no puedo abarcar todo, que soy humana, que no siempre puedo, y eso no me hace menos válida. 

Quiero ser tu ejemplo, por eso me obligo a pensar muchas veces antes de hablar, por eso mido mis reacciones,  por eso he cambiado hábitos, formas y verdades antes absolutas. 

Me gusta sonreír a la vida, aunque a veces se empeñe en ponerlo difícil, aunque a veces falten los motivos. Es mucho más bonito, mucho más útil, mucho más sencillo. ¡Y qué placer contagiar sonrisas!

Creo que lo más importante, mi pequeña, es dormir cada noche tranquila. Tener calmada la conciencia. Cerrar los ojos y saber que te gusta tu vida. Que podría ser mejor, pero es la que tienes, y te gusta. 
Dar gracias también, porque sabes que podría ser mucho peor. 

¿Sabes? A pesar de que hay días en que parece lo contrario, me siento afortunada. 

Me gusta mi vida.